Techumbres del mundo que han sufrido sobre sus espaldas los mayores diluvios acaecidos, que han criado moho y muchedumbre en un planeta que a poco andar quedo baldío, sin príncipes ni tiranos, sin un fruto que brinde alimento y sombra.
Los senderos en verdor de los cerros, con su roca viva degenera en guijarros, en polvo que seca la boca, llora en los ojos, baila por los esbirros ramajes y perturba el sueño del que duerme.
Todo es silencio roñoso y mal tratado, vagabundea un aire que en los pulmones provoca combustión, un lamento caído de golpe y de la nada, y el agua es un miasma de lúgubre coexistencia con el páramo rodeándole las faldas.
Las ruinas que aun siguen el gemido perturbador donde la muerte ha hecho su domingo profuso, el lunes asesino, el miércoles falto de compañía.
Ruinas de nuestra civilización, con sus rejas u jaurías, el sesgo imperativo del individualismo llevado a su máxima expresión, ruinas serán.
sábado, 10 de febrero de 2007
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